Prensa Press 2020

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‘Serata’ napolitana

Scherzo | 15 de febrero de 2020

La música entraña a veces enigmas insondables. Para mí es un gran misterio, por ejemplo, el predicamento de que goza el Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi. Prácticamente no hay semana que algún sello discográfico no saque al mercado una nueva versión de esta empalagosa obra, que, por supuesto, se programa con harta frecuencia en las salas de concierto. Basta con escuchar alguno de los títulos operísticos de este compositor (no muchos, pues recordemos que falleció cuando solo contaba 26 años) para comprobar que se trata, comparativamente, de una obra muy menor. Lo es incluso si la cotejamos con alguna otra composición sacra pergolesiana (especialmente, sus Septem Verba a Christo). Supongo que el pobre Pergolesi no estaba en ese momento para grandes alharacas: recluido en un monasterio franciscano de Pozzuoli, víctima de una tuberculosis galopante, lo escribió en sus últimas semanas de vida, cuando él mismo ya sabía que el fin estaba próximo. Hay quien incluso ha sugerido que no es realmente una obra suya, pero su autoría está fuera de toda duda, dado que se conserva el manuscrito autógrafo.

Hay que emplear grandes dosis de imaginación y mucho trabajo para ofrecer una versión mínimamente atractiva del Stabat Mater de Pergolesi. Aarón Zapico, al frente de su grupo, Forma Antiqva, no escatimó esfuerzos ni medios para sacar lo poco que de atractivo —ojo, en mi opinión… siempre en mi opinión—tiene esta obra. Y creo que el director asturiano salió airoso del reto. Al menos, el público que llenaba la sala sinfónica del Auditorio Nacional, en esta nueva aparición de Forma Antiqva en el ciclo de La Filarmónica, se lo recompensó con una prolongada ovación. Esos medios pasaban por contar con cantantes de garantía: la soprano María Espada y el contratenor Carlos Mena. Aunque no siempre consiguieron que sus voces empastaran a la perfección, ambos supieron sacarle todo el jugo posible al Stabat Mater, lo cual tiene mucho de meritorio.

La postrera obra de Pergolesi cerraba un programa íntegramente napolitano, aunque siempre habrá quien esgrima que Charles Avison era más inglés que la Torre de Londres. Lo era, en efecto, pero sus composiciones más celebradas, los 12 Concerti grossi, son en realidad arreglos —muy dignos, eso sí— de sonatas para clave de un músico nacido en Nápoles, Domenico Scarlatti, que ya en los años 10 del siglo XVII era notablemente popular en la capital de Inglaterra gracias a la campaña de promoción que le había hecho el compositor irlandés Thomas Roseingrave, a quien había conocido en Roma.

La velada se abrió con la hermosísima sinfonía, en tres movimientos, de la ópera Siroe de Nicola Conforto, que hoy sería un compositor mucho más afamado si no hubiera tenido la desgracia de vivir cerca de cuarenta años y de fallecer en España (en Aranjuez, concretamente). ¿Qué tiene que ocurrir en nuestro país para que alguien se dedique a recuperar la música de Conforto como es debido? No, no me respondan, que ya lo sé yo: dinero y comprensión por parte de las autoridades culturales, requisitos ambos que en verdad escasean por estos pagos.

Tras la sinfonía de Conforto y uno de los concerti grossi de Avison (el nº 5), llegó un bello Salve Regina de Nicola Porpora, concluyentemente verificado tanto por Mena como por la orquesta. Y entre el Salve Regina de Porpora y el inevitable Stabat Mater de Pergolesi, otra sinfonía también en tres movimientos, esta de Vinci, del Oratorio Maria Dolorata.

Al margen de lo ya antes señalado, Zapico y Forma Antiqva tuvieron que lidiar con otro inconveniente: el desmedido tamaño de la sala. Entiendo que la misión de un promotor musical es la de recaudar el máximo dinero posible (y aquí el propósito se cumplió con creces, dado que el escenario estaba prácticamente lleno), pero sería deseable que ello no fuera nunca en detrimento de la música, ni de los intérpretes. Como ya indiqué hace unos días con motivo del concierto ofrecido por el Dunedin Consort (ciclo Grandes Intérpretes de la Universidad Autónoma de Madrid), la sala sinfónica del Auditorio Nacional no es el lugar más indicado para que toque una orquesta de cámara (en este caso, integrada por seis violines, dos violas, dos violonchelos, un contrabajo, un archilaúd, una tiorba y, claro, el clave —en la primera parte— y el órgano —en la segunda— de Aarón Zapico). Con todo, Forma Antiqva salió airosa de todos estos inconvenientes, con una dirección enérgica y contrastada de Zapico (como en él es habitual), con una espléndida labor de Jorge Jiménez como concertino y con un bajo continuo lustroso (los violonchelos de Ruth Verona y Ester Domingo, y la cuerda pulsada de los otros dos hermanos Zapico, Pablo y Daniel).

Eduardo Torrico

Un Stabat Mater hedonista y terrenal en La Filarmónica

Beckmesser | 14 de febrero de 2020

Tomando como base un repertorio de claras influencias napolitanas, Forma Antiqva dio por concluida su gira con un concierto para el ciclo de La Filarmónica en el Auditorio Nacional, donde fue alternando piezas prácticamente desconocidas con alguna de las obras más interpretadas dentro del mundo de la música antigua. El programa estaba confeccionado con equilibrio entre lo vocal y lo instrumental y sin fatigar al numeroso público con excesivas concomitancias estilísticas. La obertura de Siroe de Nicola Conforto ya puso de manifiesto el posicionamiento interpretativo de Forma Antiqva: visiones enérgicas con dinámicas si no extremas, sí polarizadas pero siempre dentro del gusto y el propio discurso narrativo de la obra. El Allegro del Concerto V de Charles Avison serviría de ejemplo del conseguido empaste de las cuerdas y del juego de acentos expresivos que manejó la formación encabezada por Aarón Zapico en las piezas instrumentales.

Cerraba la primera parte el bellísimo Salve Regina de Nicola Porpora, una partitura que se beneficia de todo el magisterio del formador de cantantes más reputado de Europa a principios del siglo XVIII y rival de Händel. Las largas y difíciles vocalizaciones iniciales y el evanescente lecho sonoro con que Forma Antiqva acompañó a Carlos Mena generaron una atmósfera muy afín a esta música, que se mueve más por la ribera del hedonismo que por la de su presupuesto espíritu místico. El contratenor vitoriano paso algún apuro inicial por la elevada tesitura de la pieza, pero supo trabajar con su habitual inteligencia, uniformidad de color y comprensión expresiva del canto.

En la segunda parte, tras la algo menos seductora (y con algunos desajustes) Sinfonía del Oratorio Maria Dolorata de Vinci, llegó el esperado Stabat Mater de Pergolesi, que partía con el condicionamiento de superar el excesivo uso que televisiones, radios e industria discográfica han hecho de sus primeros compases. María Espada acompañó en esta ocasión a Mena, un dúo habitual que se beneficia de una conexión musical que resuelve buena parte de las dificultades rítmicas, aunque presenten alguna dificultad en la transición al grave. Aarón Zapico cuidó el dibujo de los largos arcos melódicos y los alternó con silencios expresivos de gran magnitud, sacando provecho de la excepcional sección de cuerda pulsada (tiorba y archilaúd) que sus hermanos le proporcionan. La interpretación fue de menos a más, hasta convertirse en conmovedora durante el último tercio de la obra. Ovaciones finales y merecido éxito.

Mario Muñoz Carrasco

Viva Napoli!

MundoClásico | 14 de febrero de 2020

Es ya un hecho la considerable proliferación de grupos españoles de música barroca que se han situado por derecho propio en estándares de una extraordinaria calidad interpretativa, además de apostar firmemente por una recuperación del patrimonio musical que divulgan a todos los auditorios y lo materializan en grabaciones discográficas de enorme interés. El siempre más reducido y selecto público de los conciertos de música del Barroco, una delicatessem que sin embargo cada vez tiene más adeptos, es plenamente consciente de ese nivel y talla artística patrios, y asiste a las propuestas de las formaciones españolas con la misma curiosidad que a las de los conjuntos provenientes del extranjero. Uno de esos grupos que siempre despierta interés es Forma Antiqva, cuyo concepto historicista de la música barroca cuenta con una cantera de excelentes instrumentistas que colaboran de forma regular con los hermanos Zapico (Aarón, Pablo y Daniel), verdaderos artífices de esta orquesta barroca.

En el marco de su gira por España, Forma Antiqva ha recalado en el ciclo de La Filarmónica con un programa netamente napolitano junto a la participación de la soprano María Espada y el contratenor Carlos Mena. En las infrecuentes piezas instrumentales ofrecidas de Nicola Conforto, Charles Avison o sobe sonatas para clave de Domenico Scarlatti y Leonardo Vinci, y a las órdenes de Aarón Zapico desde el clave, alma mater del grupo, Forma Antiqva exhibió en el Auditorio Nacional todas las virtudes asociadas a una orquesta con personalidad propia. El hermoso y empastado sonido de violines y violas (con un primer violín tocando en ocasiones a la manera concertante), la precisa articulación de las frases melódicas y la pujanza rítmica en una respiración al unísono que consiguieron hacer traslucir todo el encanto a estas piezas que evocaban el espíritu del Settecento napolitano.

Pero sin asomo de dudas lo mejor del concierto estuvo destinado a la participación vocal, protagonista de dos obras religiosas basadas en sus respectivos textos litúrgicos latinos. En la primera, el Salve Regina de un contumaz operista como Nicola Porpora, Carlos Mena desplegó todo un catálogo de emociones barrocas, haciendo gala de su excelsa musicalidad y dotando a cada número de su precisa materialización expresiva, sabiendo diferenciar muy bien entre lo que es puramente cantabile y los pasajes más declamados del texto, con momentos de suprema expresión, como ese soberbio “Ad te suspiramos”. Su hermoso color vocal prevaleció y no lo empañaron leves deficiencias en la afinación, que supo solventar de manera irreprochablemente musical, con un manejo maestro de la abundante línea ornamentada de influencia operística que Porpora exige al cantante, gran parte de ella cantada a capella.

En la segunda parte, el contratenor unió su voz a la de la sensacional soprano María Espada, toda una especialista en el repertorio barroco, en el popular Stabat Mater de Pergolesi, el mejor ejemplo barroco de la musicalización del texto debido al monje Jacopone da Todi, al que sirvió de inmejorable apertura la breve sinfonía del oratorio María Dolorata de Vinci. Secundados por la siempre atenta y detallista mirada de Zapico ahora desde el órgano positivo, ambos cantantes aunaron una expresividad doliente y una compenetración interpretativa sin parangón ya desde el célebre número inicial, un contenido y conmovedor “Stabat mater dolorosa”, con dinámicas oscilando entre el piano y el mezzopiano, y la profusión de acusados silencios que ayudaban a remarcar el clima de la obra. Fueron múltiples los detalles expresivos que se convocaron a lo largo de la partitura y que se amoldaban a la perfección al criterio interpretativo de Aarón Zapico, que optó por viveza en los tempi y respuestas de sus colaboradores instrumentales sumamente enérgicas, algunas de ellas de gran urgencia y con flexible articulación, alejando a esta obra de los conceptos mucho más contemplativos y mayestáticos de las interpretaciones románticas del pasado.

María Espada brindó la tersura de su voz y sus acentos dramáticos de acusados contrastes atacando las frases con fiereza en “Cujus animam gementen” y destinando un delicado canto capaz de detener el tiempo en “Vidit suum dulcem natum”. Carlos Mena volvió a lograr asimismo altas cotas en sus partes solistas, mediante un fraseo sobrecogedor en páginas como “Fac ut portem Christi mortem”. En resumen, una interpretación con emociones a flor de piel que tuvo en el postrero “Quando corpus morietur” un nivel de sereno recogimiento y un pathos tales que volvió a darse como bis para coronar una velada de elevada emoción con estas joyas napolitanas.

Germán García Tomás

Matices y silencios en el dolor y la muerte

Enfumayor | 12 de febrero de 2020

A menudo recordamos con pena las prematuras muertes de Mozart (35 años), Bellini (34) o Schubert (31), aunque a veces también no recordamos lo suficiente tragedias aún mayores, como la de nuestro Arriaga (19) o Giovanni Battista Draghi, más conocido como Pergolesi, napolitano de adopción y que habría de dejarnos una de las partituras sacras más emotivas del XVIII, quizá de toda la historia. Quiso el destino que, por encargo de los Cavalieri della Vergine dei Dolori di San Luigi a Pallazzo, Pergolesi escribiera, en sus últimas semanas de vida (terminada prematuramente a los 26 años por la tuberculosis, como las de algunos otros mencionados al principio de este comentario), la música para la secuencia dedicada por la Iglesia Católica, desde siglos antes, a la madre doliente de Dios, sufriendo la muerte de su hijo en la cruz, conocida como Stabat Mater.

La música del barroco está plagada de recursos retóricos para la expresión de los afectos, y reconocidos expertos han escrito, con profusión de docta sapiencia, sobre el particular. Puesto que la música es finalmente un lenguaje, una forma de comunicación, adquiere su verdadero sentido en tanto que se exprese de forma adecuada para transmitir esos sentimientos, esos afectos que constituyen su esencia. Los matices, las inflexiones, los acentos, el adecuado énfasis en las disonancias, el tempo… todo forma parte de la adecuada construcción del discurso. Y, por supuesto, también los silencios, las pausas, siempre sabias y necesarias generadoras de reflexión o de tensión. Muchas veces, la expresión más elocuente del dolor es justamente la que nace del silencio. En estos tiempos en los que hemos recuperado (gracias, entre otros, al inolvidable Nikolaus Harnoncourt) la interpretación históricamente informada, no podemos olvidar que, como él mismo señalaba, en la acertada utilización de todos esos recursos expresivos está el secreto de una interpretación que, siendo históricamente respetuosa, no pierda de vista que, finalmente, la interpretación debe estar viva hoy, y transmitir emociones y afectos hoy, más allá del rigor filológico, que debe ser un medio y no un fin. Como decía el inolvidable fundador del Concentus Musicus, la cuestión no solo reside en los instrumentos o en las voces, sino en cómo se utilizan estos. Viene toda esta reflexión a cuento porque ayer, en el ciclo “La Filarmónica”, el asturiano Aarón Zapico y su magnífico grupo Forma Antiqva ofrecieron un bellísimo programa en el que obras de Conforto, Avison (sobre Sonatas para clave de Scarlatti bien reconocibles), Porpora y Vinci, precedieron al plato fuerte de la sobrecogedora partitura que es el Stabat Mater de Pergolesi mencionado antes. Y lo más importante es, sobre todo, cómo lo ofrecieron. Con escrupulosa atención al mínimo detalle, al manejo minucioso de dinámicas y acentos, a la expresión de delicadísimos matices y al espeluznante salpicado de tensos y pocas veces tan dolorosos y elocuentes silencios. Ayudado por una prestación instrumental de primera (con sólo un ligero apuro del primer violín en algún pasaje de la Sinfonía del oratorio Maria Dolorata de Leonardo Vinci) y con las voces espléndidas de María Espada y Carlos Mena, fundidos en perfecta combinación, el retrato musical de la madre doliente de Jesús difícilmente podría haber llegado de manera más desgarrada, intensa y emocionante. El último párrafo de la secuencia: Quando corpus morietur, Fac, ut animae donetur Paradisi gloria (Cuando se muera mi cuerpo, haz que sea entregada mi alma a la gloria del Paraíso) nació del silencio, transitó por un susurrado pianissimo, dotado de la debida inflexión y acento, y sólo rompió en el contrastante Amen final, una también intensa perorata que en su exaltada agitación parece querer triunfar sobre el dolor de la muerte. Lo que ofrecieron ayer Zapico y su grupo, con la extraordinaria contribución de Mena y Espada fue, sobre todo, una precisa, intensa y emocionante demostración de los matices y silencios del dolor y la muerte. Una sabia demostración de rigor en lo históricamente informado, impecablemente realizada y de palmaria elocuencia en la transmisión de afectos. El éxito, como no podía ser de otra forma, fue grandísimo, y los intérpretes repitieron justamente el pasaje mencionado, esta vez sin el Amén conclusivo. Si, la música está para emocionar, y ayer Pergolesi hubiera aprobado, seguro, este emocionante retrato del dolor.

Rafael Ortega Basagoiti

La férvida Napoli de Pergolesi

Ópera Actual | 11 de febrero de 2020

Como es habitual en cada uno de sus conciertos, la formación Forma Antiqva, encabezada por los hermanos Zapico, ha presentado, en su nueva aparición en el ciclo de Ibercamera, un elaborado programa centrado sobre todo en la música italiana del siglo XVIII. Y más concretamente en la música napolitana, o de influencia napolitana, una de las escuelas decisivas en la configuración del barroco italiano, tanto en lo referente a la música instrumental como al repertorio sacro y operístico.

Con un conjunto de tan solo trece instrumentistas más su director, Aarón Zapico, que también ejerció de clavecinista y organista, junto a dos solistas vocales, Forma Antiqva emprendió este recorrido musical por la efervescente ciudad partenopea a través de obras de Nicola Conforto, el inglés Charles Avison, Nicola Porpora, Leonardo Vinci y el trascendental Giovanni Battista Pergolesi quien, a pesar de su prematura muerte, dejó un racimo de milagrosas composiciones como su famoso Stabat Mater, que fue la pieza que cerró de manera brillante el programa.

"La expresividad de María Espada, así como su capacidad para empastar con la voz de Carlos Mena, permitió disfrutar de una excelente y emotiva versión de la obra maestra de Pergolesi"

Un programa perfectamente construido que se iniciaba, en cada una de las dos partes, con una obertura. En la primera, la de la ópera Siroe, de Conforto, obra prácticamente olvidada a partir de un libreto del referencial Metastasio, en la que ya se pudo apreciar la expresividad y calidad del conjunto compuesto por tres violines primeros, tres segundos, dos violas y, en el bajo continuo, dos violonchelos, un contrabajo y los dos restantes hermanos Zapico, Pablo y Daniel, en los instrumentos de cuerda rasgada: archilaúd y tiorba. En la segunda parte, la obra inicial fue la sinfonía de un oratorio de Vinci: Maria Dolorata.

El planteamiento estilístico de Forma Antiqva se basa en el rigor estilístico, la calidez de los acentos y colores y un impulso rítmico contenido pero implacable, que sedujo tanto en la Obertura de Siroe como en el posterior Concerto que el inglés Charles Avison compuso a partir de las famosas sonatas del napolitano Domenico Scarlatti. Todo ello fue el preludio instrumental a la primera obra vocal del concierto, el Salve Regina de Nicola Porpora. Compositor a menudo poco valorado, las obras de Porpora sorprenden siempre por su expresividad y su fluidez melódica. Dividida en seis partes, el Salve Regina incluye a una voz solista que, en esta ocasión, corrió a cargo de unos de los mejores especialistas españoles: el contratenor Carlos Mena. Formado en la mejor escuela posible, la Schola Cantorum Basiliensis, posee una atractiva voz de contraltista que se proyecta con facilidad y con variedad de colores. La línea de canto es impecable, de gran elegancia y un amplio registro. Si bien en el Salve Regina de la primera parte se percibió alguna estrechez en la franja aguda, en el Stabat Mater firmó una actuación brillante, dominando todos los registros y ofreciendo momentos de una intensidad dramática incuestionable.

Eso fue en una segunda parte, que se había iniciado con la obertura de Vinci, en la que se percibieron pequeños desajustes puntuales en la afinación en los violines primeros. Afortunadamente fue un problema pasajero que se corrigió con la interpretación del Stabat Mater, pieza en la cual la formación dio lo mejor de sí misma, encabezada por un Aarón Zapico que supo controlar con maestría las pausas, los tempi y resaltar los afetti de una obra sin par. De la parte de soprano se encargó María Espada, gran especialista del repertorio barroco que combinó una exquisita messa di voce con cierta estridencia en los pasajes en forte. A pesar de ello, su expresividad, así como su capacidad para empastar con la voz de Mena, permitió disfrutar de una excelente y emotiva versión de la obra maestra de Pergolesi.

Antoni Colomer

Compositors de Nàpols

Revista Musical Catalana | 11 de febrero de 2020

Fa pocs dies ens passejàvem per Versalles de bracet d’Alexandre Tharaud. Ara Aaron Zapico i el seu conjunt Forma Antiqva ens han dut a Nàpols, aquell centre formatiu que va acollir tants compositors, com Vinci, Pergolesi, Terradellas i Hasse, i que va comptar amb els nadius Porpora, Conforto i Scarlatti, interpretats al concert que comentem. Indirectament, algun d’aquests noms ens duria de Nàpols, aleshores austríaca, a la seva capital, Viena, on va viure i ensenyar Nicola Porpora i també Metastasio (nom artístic de Pietro Antonio Trepassi), autor del llibret de l’òpera Il Siroe de Nicola Conforto que obria la sessió. Una Viena que els va dur a residir a la mateixa escala, juntament amb la cantant, pianista i compositora Mariana Martínez i un jove Haydn que va esdevenir assistent de Porpora i professor de teclat i teoria de Mariana.

El so de conjunt de Forma Antiqva ens va captivar des del primer moment, en una prestació general serena i elegant. Com a inici i, en paraules prèvies del director adreçades al públic, per introduir-nos a l’ambient musical que proposava, ens van oferir la simfonia de l’esmentada òpera de Conforto, feta per celebrar l’onomàstica de Ferran VI el 1752.

Tot seguit es va homenatjar un altre napolità que va acabar també a la cort reial espanyola, Domenico Scarlatti, en tocar un Concerto grosso, el número V de Charles Avison (1709-1770) basat en les seves Sonates.

De Porpora es va interpretar la seva exuberant Salve Regina, composta el 1730. El contratenor Carlos Mena, esforçat a seguir la línia complicada del cant, no va ser gaire fidel al principi de text cantat, ja que les paraules, per sort prou conegudes, no arribaven clares.

La segona part va començar amb la simfonia de l’Oratori Maria Dolorata de Leonardo Vinci, que ens posava en situació per acollir la peça estrella del concert, l’Stabat Mater de Pergolesi. El text, d’autor desconegut malgrat que s’ha atribuït a diferents autors, inclús al papa Innocenci III, ha estat musicat per molts compositors que, en voler descriure el dolor d’una mare davant del seu fill mort, han donat el millor de si mateixos. En aquest cas, amb un clima adient, els solistes María Espada i Carlos Mena quan cantaven junts exhibien una harmonia especial, rara de trobar. María Espada va evocar, i semblava encarnar, amb veu clara el dolor de la mare. Davant dels aplaudiments, van repetir el fragment “Quando corpus morietur”, realment el més reeixit de la interpretació.

Com a afegitó, cal recordar que el 2005 Carlos Mena va enregistrar precisament aquesta obra de Pergolesi amb Núria Rial i el Ricercar Consort.

Jordi Maluquer

Colas para la JOBA y Zapico

Málaga Música | 3 de enero de 2020

Como era de esperar la expectación que despierta la Joven Orquesta Barroca de Andalucía (proyecto formativo acunado por la Filarmónica de Málaga) volvió a convocar, en la tarde pasada, una larguísima cola que colmó las naves catedralicias para el esperado programa desarrollado por el conjunto que prepara Salvador Vázquez que contó con la dirección musical del maestro Aarón Zapico, que una vez más hizo del programa seleccionado toda una experiencia musical y artística desde la honestidad, el rigor y talante que distingue el trabajo del músico asturiano.

Programa denso y arriesgado que perfiló una retrospectiva que retrató las líneas maestras de la arquitectura musical del barroco europeo, la de los grandes maestros que hicieron posible un estilo internacional que culminaría en la gloria de Haendel y Bach pasando por la Venecia de Vivaldi o el último de los grandes maestros de Nuremberg Pachelbel cuyo Canon sirvió de cierre a todo el programa en lo que fue una lección de gusto musical, virtuosismo y comunicación entre los atriles.

Si en el programa de Septiembre, bajo la dirección de S. Malov, despuntaba ya la calidad de las cuerdas de la cuarta promoción, bajo las naves catedralicias A. Zapico cinceló hasta el último detalle el empaste, ataque y técnica de las secciones de cuerdas rematadas por unas maderas de ensueño como el fagot de Irene Camacho o el oboe de Irene Rodríguez que brilló con luz propia en el los tiempos lentos del Concerto nº 2 de Haendel página sencillamente intachable, exquisita en las ornamentaciones y plena de sentido en las dinámicas propuestas por la batuta de A. Zapico. Enmarcable y propio de músicos entregados fue el Concerto grosso nº 8 de Locatelli toda una experiencia para el oyente y ejemplo de interpretación.

El programa se vió alterado en su orden original no sin cierta intención al plantear un sentido retrospectivo y en el que no faltó un guiño a la escuela francesa de la mano de J. B. Rameau y sus Indias Galantes pórtico de entrada a todo el concierto. Programa que se abría con la Suite orquestal nº1 de J. S. Bach que desde su cima marcó el nivel técnico demostrado por la JOBA. Momento convincente marcado por el virtuosismo se apreció también en el RV157 de Vivaldi ejemplo de agilidad y visión en conjunto desde una perspectiva artística que buscaba en todo momento el contrastes y la claridad de ideas. Otro de los grandes hallazgos del recital lo propició los violines solistas de Ana Rosa Dávila y Alejandro Moreno en el Concierto nº2 de Haendel que de principio a fin estuvo lleno de lucidez y virtuosismo sin olvidar el revelador contrabajo de José Parra.

Este último programa en la humildad de su ideario no fue más que un ejemplo del talento que justifica que a esta ciudad le sobran luces y le falta auditorio.