Lección inaugural de la Escuela Internacional de Música de la FPA

BÁRBARA o de abrazar el tiempo que nos toca

Lección inaugural de la Escuela Internacional de Música de la Fundación Princesa de Asturias

Resulta difícil discernir cuál ha sido la contribución más definitiva en la historia de la música. La invención más célebre. El no va más. ¿Dónde situarlo, además?, ¿Cómo comparar diferentes periodos, contextos y sensibilidades de una manera medianamente justa?, ¿Qué reglas establecer?, ¿Qué jurado componer? Parece que el ejercicio tiene más de imposible que de rigor científico. No importa, aprovechémonos de la volatilidad musical para afirmar sin ambages y con insólito estupor que ha sido la ópera, sí, ese matrimonio definitivo entre palabra y música, el más importante de los inventos musicales. El campeón de los afectos, el eficaz transmisor de emociones que, a día de hoy y más de cuatrocientos años después de su creación, sigue paralizando el tiempo.

Y aquí me encuentro, en teatral espacio, con una historia que contar y plantado ante una audiencia joven y ávida de música, como un Purcell lamentando a su Dido o un Vivaldi atrapando la naturaleza con su violín; incluso ante una Reina, como nuestro insigne Scarlatti. Tengo que contar una historia y no se me ocurre mejor manera que el darle la forma de una pequeña ópera. Un prólogo y tres actos. Una protagonista y varios escenarios. Pretendo hablar de valores y compromisos a través de la creación femenina y con la excusa moderna y revolucionaria que es la Música Antigua, así, en mayúsculas.

Pero las óperas no comienzan con el primer acorde. Bucólicos y llamativos grabados enmarcan textos curvilíneos de prosa rimbombante que ocupan las primeras páginas. Es el espacio reservado para la comunicación del compositor con su público. Justos agradecimientos a sus mecenas, dedicatorias a reales personajes y alguna que otra instrucción, que nos resulta hoy en día de incalculable valor, muestran el lado terrenal de una imaginada aventura con final coral y feliz.

Así, permítame comenzar por darle las gracias, Majestad, por apoyar con su presencia este acto y dotarle de una visibilidad extrañamente habitual en la música clásica. Reitero las palabras que le dedicó hace unos meses el director de cine Rodrigo Cortés en aquella maravillosa locura que fue la Fábrica Scorsese y que recuerdo por lo certeras que fueron: qué valioso e importante es su apoyo para la difusión de nuestro trabajo. Barbara Strozzi ha sido nombrada esta semana en más ocasiones que, seguramente, en los últimos trescientos años y eso es algo que nos debe enorgullecer a todos.

Gracias a la Fundación Princesa de Asturias por confiar en mi talento y tener fe ciega en mis posibilidades. Contar con su respaldo, poder vivir en primera persona los diferentes procesos que conforman esa maquinaria que son los Premios, atender a esa continua búsqueda de la excelencia, es un regalo que conservo en mi corazón y que desenvuelvo cada día.

Estar a la altura del cariño, seguimiento y confianza que se me dispensa con una generosidad sin límites en mi Asturias por la Fundación y tantas otras organizaciones, colectivos o desconocidos que se acercan a darme la enhorabuena es una tarea ímproba. Soy asturiano, elegí vivir aquí y solo espero que llegue el momento de poder devolver todo este apoyo. De revertir la inversión en nuestra tierra y dar lustre al Archivo de la Catedral o convertir la música en una verdadera industria cultural.

Gracias a la comunidad educativa de esta Escuela Internacional de Música por situar a Asturias en el mapa de la enseñanza musical moderna, cercana, social y atrevida. Uno no puede más que lamentarse de no ser capaz de absorberlo todo. De no poder disfrutarlo todo. Gracias a los valientes alumnos que me acompañarán el día de hoy y con los que ha sido un verdadero placer poder trabajar.

Gracias, en definitiva, a todos los aquí presentes por, en mayor o menor medida, hacer de éste un mundo mejor a través de la música.

 

PRÓLOGO
Del por qué de esta historia

Como toda buena historia, la mía también comienza un poco por casualidad. Sin querer. Y la culpa es de Barbara Strozzi. Bueno, de su aniversario, que dentro de unos días, el 6 de agosto, se cumplirán 400 años desde que nació en Venecia, en medio de una humedad y calor infernales. Volví a descubrir su historia vital con nuevos ojos, no los de un imberbe estudiante que experimentaba con el seicento italiano, sino con los de un padre preocupado por dotar a sus hijas de modelos femeninos válidos y perennes. Apareció así, de repente: creadora y empresaria. Incógnita y unísona académica, discute de ética y estética, de lo humano y divino en una sociedad que satiriza lo femenino. Hija bastarda y madre soltera se empeña en firmar con su nombre. En ser real y no un espejismo. Viste la palabra de música en una osada e íntima relación que demanda del intérprete una paleta de colores infinita. Una inmersión total en el universo marinista de la maravilla, el ingenio y el erotismo.

Bárbara es un compendio de valores que, 400 años después, nos resultan inconfundiblemente cercanos.
Un emocionante apoyo paterno que permite desarrollar su talento.
Una osadía en todo lo que hace y decide.

Un afán continuo de experimentación y desarrollo. De nulo miedo al fracaso.
De negación del estancamiento.

Bárbara es excelencia. Es llamativa y magnífica. Indica asombro y admiración. Que su historia nos sirva de impulso y espejo sincero.

Bárbara es el asidero que os invito a utilizar en momentos de zozobra. Es la protagonista de esta historia.

 

ACTO 1
La Música Antigua

Nunca podremos ser el pasado. Nunca podremos recrear fielmente las condiciones para interpretar una partitura de hace cientos de años. Incluso puede que seamos incapaces de llevarlo a cabo con música de hace una década escasa. Puede que tengamos los instrumentos originales, incluso la sala y el mobiliario donde se estrenó esa música pero ¿y la audiencia?, ¿qué hacemos con ese público contaminado de otros estilos, conocedor de otras progresiones y formas?

¿Debería esta imposibilidad preocuparnos?, ¿quitarnos el sueño? Nada más lejos de la realidad. La irrealizable construcción fidedigna de una partitura abre la puerta de nuestra identidad. El intérprete se vuelve indispensable y su injerencia en la partitura, fundamental. Cierto es que nuestro papel varía según el estilo, la época o, incluso, el país (ahí está la música francesa como ejemplo de claridad y concreción o la italiana, más abandonada al juicio y experiencia del intérprete) pero es aquí, en la llamada Música Antigua, la escrita entre 1600 y 1800 aproximadamente, donde el equilibrio entre la información disponible y la necesidad de un intérprete alcanza el punto más delicado. Sabemos con precisión cómo se articulaba, arpegiaba y ornamentaba. Qué formación tenían los músicos de aquella época e, incluso, cómo recibía el público esa nueva música. Hay una abundante información que podemos extraer de tratados pedagógicos, prefacios, cartas o breves pero precisas instrucciones. Sin duda, es posible reconstruir fielmente cualquier pieza de esa época. Pero, entonces, ¿cuál es el papel del intérprete ante tamaña abundancia de información? Pues, sencillamente, si aplicarla o no y dónde hacerlo exactamente. Es como si nos dijesen de qué color pintar un dibujo pero no si éste es claro, oscuro, aguado, o con qué trazo y material hacerlo. No hay escondite posible: el intérprete ha de estar tomando decisiones desde la primera nota.

La Música Antigua surge alrededor de 1711, en plena campiña inglesa, cuando Arthur Bedford refunfuñaba por lo lentas que le parecían las interpretaciones de canciones antiguas. También en 1845, con Mendelssohn reclamando una edición URTEXT de la obra de Händel. Y en 1953, cuando Nikolaus Harnoncourt funda el Concentus Musicus Wien para ver cómo sonaba Bach sin tanto vibrato y un poco más rápido. También nace cuando os empecéis a cuestionar si la edición que estáis utilizando es la correcta y cumple los deseos del compositor, cuando investiguéis cómo era el instrumento para el que estaba pensada esa pieza o al descubrir el contexto social y político de ese periodo en concreto. Surge cuando el intérprete comienza a cuestionarse todo aquello que parecía inamovible.

Porque nunca podremos ser el pasado, no, pero sí optar por erigirnos en un evento moderno que demande curiosidad y constante investigación.

La interpretación razonada y basada en criterios históricos de esta Música Antigua ha supuesto una verdadera revolución y su impacto ha traspasado estilos, formas y periodos para contribuir de manera definitiva al desarrollo de nuestras habilidades y conocimientos. Podemos decir sin miedo a equivocarnos que ha sido lo más excitante que le ha pasado a la Música Clásica en los últimos 100 años.

En este punto, mi equidad está seriamente comprometida. No puedo hablar con frialdad de la Música Antigua. Si no hubiera probado un clave en su día, quizá, si no hubiera podido experimentar la música de cámara en su verdadera esencia, si no fuera tan bonito poder ornamentar, si al menos uno no se sintiese un verdadero creador a la hora de abordar una partitura… Siento que mi conexión con esta música es total, como si saliera de mí, de cada poro. Me dota de una energía infinita y una imaginación desbordante que disfruto aplicando en mi día a día. Llamadme loco pero ¡bendita locura!

 

ACTO 2

La cruda Arcadia

Las diferencias entre hombres y mujeres en nuestra música, en la Clásica, son abismales. Ellas están discriminadas, reciben sueldos injustos y están representadas muy por debajo de sus méritos. Y no, no se trata de una lectura personal de las estadísticas sonrojantes que se publican año tras año y que demuestran el escasísimo o nulo interés de los programadores en el mundo femenino de la creación e interpretación. Son palabras de la ONU, que señala la desigualdad de género en la música como un problema a escala mundial de primer orden.

El trabajo continuo e infatigable de numerosas investigadoras, intérpretes y programadoras, junto a la concienciación de gran parte del sector masculino está provocando que la tierra que sepulta los nombres en femenino desde la Edad Media hasta nuestros días sea cada vez más y más fina. No se trata de una paridad forzada. Tampoco de una discriminación en positivo. No, el objetivo es conocer. Catalogar. Editar. Interpretar. Registrar. Devolver a la historia aquello que mediante el abuso, las más de las veces, hemos hurtado. De conocer de primera mano las historias fascinantes de superación que hay detrás de cada creadora. De su obstinación en navegar por mares profundamente masculinos y machistas.

Se trata de descubrir su obra, sí. De disfrutar de ella y contribuir al conocimiento universal de ese legado. Pero también de, egoístamente, aprovechar su ejemplo y nutrirnos de unos valores que deben estar presentes en nuestro día a día. La valentía que encarnan nuestras femeninas protagonistas son una fuente de inspiración en nuestro mundo moderno. Bárbara superó el estigma social de ser hija ilegítima primero y madre soltera después, hizo caso omiso del escarnio público al que fue sometida por ser mujer y creadora y supo convertir esa rabia en un caudal poderoso de música fascinante. También en Venecia, también en esa época, Antonia Bembo hizo lo mismo. Abandonó al violento de su marido y con sus tres hijos se plantó en París. Quería cantar ante el Rey. Estaba empeñada en establecerse allí y vaya si lo logró. Más fácil, aparentemente, lo tuvo en Francia Elisabeth Jacquet de la Guerre, niña prodigio bien colocada y con una popularidad tremenda como intérprete y enseñante. Sus biografías nada señalan de las envidias, miradas de reproche o violentas situaciones que tendría que soportar en un círculo tan asfixiante como el de Versalles. Tampoco dicen nada de dónde sacaría las fuerzas para superar en poco tiempo la muerte de su hijo, de su padre y de su marido y, aún así, seguir creando.

Son alguna de las historias que están a la vuelta de la esquina, esperando ser descubiertas. Utilizadas. Y hay más, muchas más: Hildegard von Bingen, Isabella Leonarda, Francesca Caccini, Marianne Martinez, Fanny Mendelssohn, Clara Schumann, Nadia y Lili Boulanger, Amy Beach, Teresa Carreño o Sofiya Gubaidúlina.

Tenemos la excusa, personificada en la figura preponderante de Barbara Strozzi, y disponemos del método, reflejado en ese espíritu inquieto y revolucionario de la música antigua. Convirtámonos, pues, en intérpretes modernos, dueños de nuestras propias decisiones y atentos al mundo que nos rodea.

 

ACTO 3

El tiempo que nos toca

No sé si seré la persona más indicada para ofrecer algún consejo final, la verdad. Estoy demasiado acostumbrado al fracaso. Durante un tiempo, traté de convertir al Festival de Música Antigua de Gijón en un recurso turístico de primer orden, en una verdadera industria cultural. Fracasé. Hace años procuré que se institucionalizara un salario mínimo para los músicos y que hubiera una especie de cuota de participación nacional en nuestros festivales. O al menos que no fuese tan anecdótica como ahora. No se puede decir que tuviera éxito con esto tampoco. Durante años, traté de conseguir una compatibilidad racional entre actividad docente y artística aquí en Asturias para los profesores de música. No tanto porque los conciertos nos obligasen a estar en forma sino porque nos permitirían desarrollar unos valores de empatía, actualidad y generosidad fundamentales en el aula. Tampoco lo logré y, en consecuencia, abandoné mi actividad docente en el conservatorio.

El caso es que intentando racionalizar todo este tiempo empleado, toda la energía desparramada en innumerables reuniones, entrevistas, redacción de escritos y viajes, llegué a la conclusión, no hace mucho, que el fracaso realmente no existe. ¿Cómo vamos a definir como fracaso una lucha hasta el final, hasta la extenuación?, ¿Cómo vamos a fracasar si defendemos unos ideales justos, aún siendo grandilocuentes? Rotundamente no. El fracaso es un rellano que permite recuperar el aliento, echar la vista atrás y emprender la subida con más energía aún si cabe.

Puestos en esta tesitura, me animo con un consejo. Pero antes, os cuento algo. Hace relativamente poco también caí en la cuenta de algo muy importante: no es posible gustar a todo el mundo. Lo siento si he desvelado un secreto pero así es. Aunque toquemos perfecto, aunque hayamos trabajado hasta el agotamiento, aunque nos hayamos enfrentado a nuestros miedos y salido victoriosos, no, no es posible gustar a todo el mundo. Para muestra, un botón: esta charla ha sido muy larga, ha pecado de corta y, posiblemente, ha durado lo justo. Hubiera sido ideal más música, menos mal que no tocaron más piezas y, desde luego, no hacía falta tanto clave. Prefiero el Auditorio, el claustro es fantástico y ¿por qué no la hacen en el Conservatorio? Si hay esta amplitud de gustos, ¿cómo saber dónde posicionarnos como intérpretes? Pues nada de en el medio diplomático o buscando la contención, si no siendo uno mismo. Convencido y seguro de sus posibilidades y del trabajo honesto llevado a cabo. La música es infinita y hay sitio para todos.

Buscad a vuestro profesor ideal, aquel que os estimule, apoye y consuele. Perseguidle hasta dar con él y exprimid su conocimiento. Rodeaos de compañeros con los que compartir música pero también vida. Y encontrad refugio en vuestra familia, en su apoyo sincero, en sus medidos elogios y constructivas críticas. Convivid con el error, con el fracaso, y si os caéis siete veces, levantaos ocho. Dejad que vuestra vida afecte a la música que tocáis y convertíos en artistas del tiempo que os ha tocado vivir.

En el prefacio que escribe Scarlatti al libro con sus treinta primeras sonatas, dos palabras separan el texto de la música. Si uno anda con prisa o despistado posiblemente se las salte, lo que sería una pena.
Scarlatti escribe, bien claro: vive feliz.

 

Muchas gracias.