LES LUTHIERS o la Argentina que podrá ser

¿Es usted disfrutante?, ¿reidor tal vez?, ¿tiene una sólida formación en Recepción de Humor o Lanzamiento de Risas?, ¿en Producción de Aplausos quizá? No lo dude: un Importante Conjunto de Instrumentos Informales está esperando por usted. Se hacen llamar Les Luthiers.

Y sí, por fin. Ya era hora de que el Jurado de los Premios Princesa de Asturias acertase (sic). De que estos caballeros argentinos se llevasen la gloria. De que su original tratamiento del lenguaje, su infinita inventiva en la construcción artesanal de instrumentos musicales y su rocambolesca acción escénica, que ha atraído (y sigue atrayendo) a cientos de miles de espectadores de todas las generaciones tuviese tan magna recompensa. Les Luthiers son un referente artístico, un espejo crítico y modelo de libertad en la sociedad contemporánea. Son merecedores del Premio en la categoría de Comunicación y Humanidades pero también podrían serlo en el de las Artes, las Letras o la Investigación Científica y Técnica. Toda categoría se les queda pequeña.

Son señores mayores de smoking que realizan espectáculos de música-humor valiéndose de instrumentos informales fabricados por ellos mismos. Son artistas totales, músicos, humoristas, guionistas, payasos elegantes, acróbatas de la sintaxis, artesanos del viento y la cuerda, gamberros de la palabra, madrigalistas y milongueros, belcantistas, rockeros, rapsodas, cuentacuentos y liederistas. Son esto, aquello y lo de más allá.

Son una fiesta que se renueva una y otra vez. Como dijo un amigo, Les Luthiers se desparraman.

Yo los conocí en Gijón, en 1996. Fue en el Teatro Jovellanos. La señora delante de mí en el patio de butacas se giró impulsada por el resorte del enojo y me fulminó con la mirada. ¿Qué quería que hiciera? Acababa de salir a escena Daniel Rabinovich y no pude contener la carcajada. No le hizo falta hablar. Ni siquiera había comenzado el espectáculo. Interpretaban “Unen canto con humor” o “Un encanto con humor”, depende de la velocidad con la que pronunciaras estas cuatro palabras. Éxito fulminante y atronador. Dolor de mandíbulas y repertorio renovado de chistes para unos cuantos meses.

En aquella época habitaban en discos compactos manoseados, intercambiados y mil veces perdidos y vueltos a encontrar. Imberbes estudiantes de música, nos parecía increíble su capacidad técnica, su talento y su inventiva. Comprendíamos lo que hacían pero no entendíamos cómo. Daba igual, creíamos a ciegas y seguíamos el sendero. Warren Sánchez nos salvaría.

Veinte años después lo seguimos haciendo.

Porque son insoportablemente graciosos. Pero no solo esto.
Les Luthiers son hijos del debate y la explosión de las artes en una Argentina sin rumbo, del nacimiento de nuevas expectativas y esperanzas. De la inconformidad y la falta de prejuicios. Su legado es fruto del trabajo serio, sacrificado y continuo. De la prueba y del error. Del volver una y otra vez en un viaje que ya dura cincuenta años.

Abracemos la bandera del acertijo, desentrañemos la hermenéutica telúrica incaica y convoquemos a la epistemología hasta llegar al Erasmo. Y si, aún así, no sabemos qué decir, gritemos ¡Achicoria!

Y esto es, todo esto…
Todo esto es… todo es… Esto es, todo… todo, esto, ése, todo eso es. Éste todo, ¡Oh!, ¿qué es esto?, éste se, éste se, todo eso se, eso se tostó, se… ese seto es dos, dos tes, dos, eso es sed, esto es tos, tose tose toto, o se destetó teté o est…

¡Ah! ¡Esto es todo!