De camín – Una historia del Camino de Santiago

Episodio piloto

Mediodía. Calor. Cañas al sol.
Lenguas sueltas y envalentonadas. Hora de fanfarronadas. 
Y salió el tema de las bicis.
Que si hay que hacerlo, que sería fantástico juntarnos y que claro que podemos. No vamos a poder.
Y pudimos. 
Por lo menos, organizarlo medianamente bien. 
Eso ya lo tenemos. Nos vamos a Roncesvalles. Que mañana viernes comenzamos el Camino de Santiago.
Y podremos.
Será viernes 3 y somos 3 amigos, 3 bicicletas, 3 niños pequeños y 2 parejas que conducen los coches, cuidan a esos niños y hacen de ángeles de la guarda. Demasiada trinidad para que algo no salga bien.
Y llegaremos.
Aunque por delante tengamos 800 kilómetros y yo no sepa si realmente estoy preparado para semejante derroche físico.
Y mental.
Que todo cuenta. 
Y como todo cuenta en la vida y en la música: colores, sabores, olores, risas, paisajes, cielos, montañas, llanuras, piedras, baches, ríos, gentes, flores, cuestas, sueños, esfuerzos, recompensas y decepciones; yo lo cuento aquí.
Me voy #decamín a ver qué encuentro.
Y qué dejo.
Si te apetece venir conmigo, sígueme por aquí mismo, en Twitter y/o en Instagram. Siempre con el usuario @aaronzapico o con la etiqueta #decamín.
*la foto es por las colinas de Vélez Blanco, haciendo series, que viene a ser como convertir una salida más o menos placentera en una auténtica pesadilla.
No podía ni sostener el dichoso teléfono.

#caminodesantiago

#bicigrino

Episodio 0

  • El pescado del día es bonito. Bonito a la brasa.
  • Venga, pues dos de bonito. Eskerrik asko
    Llegamos a Espinal justo para comer, hambrientos y ebrios de curvas. Calor sofocante y no poder coger la habitación del hotel hasta las 16:00 horas. ¿Pero qué es esta moda? Dentro de poco vamos a poder ocupar los hoteles solo las ocho horas reglamentarias de sueño. Bah.
    La ensalada mixta de primero es de verdad. Me emociono y se me quita un poco de cabreo.
    Llegamos con las fuerzas un poco mermadas, todo hay que decirlo. Llevamos fuera de casa desde el 26 de junio y el último mes ha sido intenso de viajes, conciertos, cursos y calores. Además, de los tres críos, dos están un poco pachuchos, lo que se traduce en una preocupación extra y menos horas de sueño. No hay problema: siesta de pijama y, afortunadamente, todo mejora y se ve de otra manera al abrir los ojos.
    La tarta de queso también es de verdad. Me vuelvo a emocionar. Si me lo piden, entro en la habitación a las 19:00 horas, me da igual.
    Roncesvalles nos recibe con el sol un poco caído. Da algo de impresión y los nervios comienzan a aflorar en el estómago: no hay vuelta atrás. La salida es hacia adelante. Santiago. El paisaje que nos rodea es de un verde intenso y frondoso, árboles altos que prohíben el sol y peregrinos desperdigados leyendo, hablando en otros idiomas o poniendo los pies a ventilar.
    Justo como me lo había imaginado.
    Mi hija me pregunta si puede comer un helado. Le digo que no, que fruta.

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Nos quedamos y comimos en: Hostal Rural Haizea, Espinal

Episodio 1

De Roncesvalles a Puente la Reina (62 kilómetros)
Viernes 3 de agosto
Como perlas de Majorica.
Me caen gotas de sudor como perlas de Majorica. Brillantes, gordas y que restallan en la cubierta de la bici. Y en el suelo. Y en el manillar.
Son las 06:00 horas y suenan los despertadores. Alguna que otra puerta chirría. Cuerpos que se remueven en las sábanas. Risas nerviosas, foto de rigor y venga que arrancamos. Monto en mi bici con la idea de que es una etapa relativamente fácil, casi en descenso. Cómoda, sí. Vamos, que no voy a quedar mal el primer día.
Sigo sudando. Son las 12:00 horas y el calor es insoportable. Miro a un lado y veo un campo de girasoles. Algunos, despipados estratégicamente, parece que hasta se están riendo de mí con ojos y bocas grotescas.
Qué equivocado estaba. Senderos rápidos, trialeras técnicas, subidas pedregosas de un desnivel imponente, escalones naturales de los de respirar hondo. ¿Pero dónde ponía esto que no lo leí? Eso sí, el paisaje es de impresión. Salimos parejos al sol y vemos desaparecer la bruma entre este verde que solo hay en el norte.
12:15 horas, estoy llegando. Miro para la otra orilla y el camino sube pedregoso. Le cuesta formarse en este secarral. Alto del Perdón se llama el final de este Via Crucis. No sé qué perdón merecerá el que llegue arriba pero algo gordo será. Seguro.
Anochece en Puente la Reina. En la calle, sobre un escenario improvisado con cuatro banquetas, está cantando a todo lo que dan de sí el par de altavoces que hay un hombre vestido de reflectante obrero de la carretera y colorido gorro de duende. Le vemos servirse un buen chorro de Malibú en un vaso con algo parecido al zumo de piña y seguir animando el cotarro.
Va subido a una bicicleta estática pedaleando como un poseso mientras canta y bebe Malibú con algo parecido al zumo de piña.
Caprichos del destino.

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Nos quedamos en: HOTEL JAKUE
Comimos en: Bar Aloa, La FONDA De TITO

Episodio 2

De Puente la Reina a Logroño (75 kilómetros)
Sábado 4 de agosto
Estoy solo. Sentado en la Plaza del Mercado de Logroño con una pinta de cerveza con limón. Soco se ha ido al coche a por un libro olvidado. El sol, a media altura, ilumina las torres de la concatedral, resaltándolas en medio de un azul amable. Mucho más que el que nos ha acompañado todo el día. La brisa sopla lo justo para refrescar y un animado corro de voces me hace compañía. Desde mi esquinita, en una terraza que domina toda la plaza, veo una especie de escenario, pequeño, negro y de altura considerable. Encima de él, cantando, bailando y haciendo contorsionismo hay dos cuerpos menudos. Uno, más alto y fino, tiene el pelo enmarañado como un estropajo. El otro, algo más bajo, imita a la más alta con devoción. Se arrima algún padre con niños curiosos a ver qué pasa. Qué es eso.
Me muerdo el labio inferior y echo un trago largo.
Habíamos llegado al hotel derrengados. Vacíos. Los últimos quince kilómetros de la etapa fueron un infierno. La sensación, la misma que al apurar una botella o vaso huérfano de líquido: la nada. Por mucho que tirásemos con riñones, hombros y brazos las piernas estaban vacías, inertes.
Y mira que todo transcurrió sin incidentes. Vimos amanecer y cambiar el paisaje. Que el oro del trigo y los girasoles empujase al verde del día anterior. Que se nos resecase la garganta y llegásemos con polvo y tierra. Incluso contemplamos un pequeño encierro en Estella, que en plena fiesta y resaca vocinglera estaba el pueblo a unas soleadas nueve de la mañana. Para nosotros, café y tostada. Para ellos, de blanco y rojo, coñac, chistorra, tortilla y vino. Aúpa ahí.
No sé qué pasó. Igual pensamos que la entrada a Logroño iba a ser más fácil o que teníamos más ganas de la cuenta de llegar. No sé. ¿Nunca se te hizo eterno un momento? Pues para nosotros fue y será la entrada a Logroño.

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Nos quedamos en: Hotel los Bracos by Silken, Logrono
Comimos en: Hotel los Bracos; D.O Laurel

Episodio 3

De Logroño a Belorado (73,6 kilómetros)
Domingo 5 de agosto
¡Pero si estamos en Navarrete!, ¡el pueblo de Paquita Salas! El de los torreznos y el Larios Gin. ¡El refugio de la reina del management! Casi nos pasa desapercibido. Qué quieres, pequeñas trivialidades entre montañas de cultura y tradición.
Si Logroño nos recibió desfondados y cabizbajos, a la mañana siguiente mucho cambiaría el ánimo. Más dispuestos y envalentonados, bici en ristre y sin adarga antigua, emprendemos la marcha parejos al sol, despidiendo la ciudad con otro talante más conciliador. Además, por vez primera, la etapa nos permitiría calentar las piernas e ir entrando en el perfil poco a poco, sin grandes desniveles al comienzo. Así, sí. Bien.
¿Recordáis que venía con mi hija pequeña un poco pachucha? Pues ahora es la mayor la que recoge el testigo. Es el ciclo de la vida. El trasiego doméstico de los virus. Beso, arropo y me voy preocupado. No pasa nada, son los calores del verano.
Durante unos kilómetros nos acompaña un desconocido ciclista de Cáceres. Mantenemos una cordial y animada charla que enseguida finaliza porque nuestros destinos finales son diferentes. Nada más irse, comenzamos a imaginar su nombre (le bautizamos como Waldo) y profesión (decidimos que tiene cuerpo de Guardia Civil). El sol aprieta y el oxígeno del cerebro se fuga.
La etapa transcurre sin grandes novedades. Alternamos el Camino con intervalos de carretera nacional (para alegrar la carga de kilómetros) y marchamos fuertes hasta Belorado.
Claudia e Inés vienen corriendo a abrazarme:

  • No os vais a creer qué plan tenemos para la tarde
  • ¡Piscina! – gritan al unísono
    Efectivamente, piscina tuvimos.
    Con regalices rojos y un helado de Colajet.
    ¡Buen camino Waldo!

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Nos quedamos en: Hotel Jacobeo
Comimos en: Restaurante Bulevard, Cuatro Cantones

Episodio 4

De Belorado a Castrojeriz (90 kilómetros)
Lunes 6 de agosto
En la vida había hecho 90 kilómetros en bicicleta.
Pues hoy los hice. Toma ya. Durante una etapa dura y larga, sobre todo los últimos 20 kilómetros, que las cifras del ciclocomputador pesaban y asustaban. Afortunadamente, no tuvimos que enfrentarnos a un final en alto y rodamos bastante rápido, el apetito es buen combustible, hacia destino. Vaya calor.
En la vida había tenido que cambiar el eje del pedalier.
Pues hoy me lo tuvieron que cambiar. En Burgos, en Velobur (¡muchas gracias por la rapidez y eficacia!). Resulta que llevaba un par de días con algo de molesta holgura en la pedalada y, efectivamente, las sospechas se confirmaron: había avería. Tuvimos que parar casi una hora pero aprovechamos para desayunar una riquísima tortilla de patata de verdad. ¿Por qué es tan difícil dar con una buena? ¡España debería ser el paraíso de las tortillas de patata y las patatas fritas! Que me lío. Vaya calor al salir de la Cafeteria Kenia.
En la vida había hecho una barbacoa sin pollo.
Pues hoy la hice. No tenían pollo en la carnicería. Alucina. Compramos costillas, secreto, panceta y careta de cerdo. Sí, has leído bien: careta de cerdo. Y en adobo, a ver si careta normal va a engordar poco. Todo recomendaciones del carnicero. Todo estaba de chuparse los dedos. Eso sí, vaya calor cocinando.
El cartel de la Cruz de Atapuerca es azul y tiene las letras blancas. Pero el color dominante es el marrón del óxido y el paso del tiempo.
No hay tregua en esta cima.
Aunque a tu lado tengas una cruz.

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Nos quedamos en: El Veredero
Comimos en: El Veredero (barbacoa), La Taberna

Episodio 5

De Castrojeriz a Sahagún (85 kilómetros)
Martes 7 de agosto
Pasan los días y constato, la verdad es que sin demasiada sorpresa, que prácticamente nadie daba un duro por mí. Y los peores, los más allegados. ¿Cómo te queda el cuerpo? Pues mira, no los culpo, la verdad. Yo tampoco lo haría.
Pero hemos pasado el ecuador del viaje.
Castrojeriz no se me olvidará en la vida. Entre la careta de cerdo en la barbacoa y la subida nada más abandonar el pueblo, tengo su recuerdo grabado a fuego lento. Y es que vaya subida. Larga, serpenteante, con buen desnivel y piedras para dificultar la rodada. Un completo, vamos. Durísimo.
Pero lo subimos.
Y tras la subida, el Canal de Castilla. ¡Increíble!, ¡no lo conocía! 207 kilómetros de milagro de ingeniería hidráulica navegable, disfrutable y paseable. Una suerte de Holanda en nuestra meseta. ¿Es poco conocido o me lo parece a mí? Aquí tenéis más información por si os apetece descubrirlo: https://goo.gl/5aakkf
Y después, rectas. Rectas inmensas. Rectas de piedras. Rectas de polvo que se pega y no te deja. Rectas deslumbrantes por el sol. Rectas huérfanas de campanarios. Rectas sin árboles. Rectas hasta aquí. Rectas hasta un poco más allá.
Rectas tuyas, Palencia.
Rectas para pensar.
Rectas que quedan atrás.

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Nos quedamos en: HOSTAL DOMUS VIATORIS
Comimos en: Hostal Domus Viatoris, El Ruedo II – Bar España

Episodio 6

De Sahagún a Hospital de Órbigo (90 kilómetros)
Miércoles 8 de agosto
Me dormí mirando para ella. Apoyó su cabeza en la almohada sobre el lado de la herida, así que supongo que ya no le dolería demasiado. Y se durmió rápido, igual que yo. El final del día fue movido: no hacía ni media hora que habíamos llegado de urgencias. Afortunadamente, todo quedó en un susto. Otro más. Pero nos dormimos rápido.
Este miércoles comenzó temprano y con la consabida rutina torera: vestirse torpemente y tropezando con esquinas y puertas, desayunar cuatro cosas mientras nos asustamos con el perfil de la etapa y preparar el armamento para la batalla. Que si ciclocomputador, que si la GoPro, guantes, pañuelo y casco. Muy bien. Un poco de lubricante para la bici y mezcla el agua con los polvos isotónicos. Listo. Meto barritas y geles en el maillot. Que no falten.
Juego en casa, en terreno conocido. Caminos de tierra y alguna que otra piedra. Sol alegre pero no de justicia y campos a un lado y otro. Anda que no he montado en bici por aquí. Casi sin darnos cuenta, llegamos a León, a la terraza donde nació toda esta aventura. Quién nos lo iba a decir. A nuestra espalda, la Pulchra Leonina, primera en nuestro particular ranking de catedrales conocidas.
Estamos todos a la mesa. Es temprano, hay una luz muy bonita y acabamos de llegar de la piscina, que el viento nos ha echado antes de hora. La propietaria de la casa rural donde nos alojamos ha estado recogiendo tomates, pimientos, cebollas y lechugas del huerto y nos ha hecho la cena sin preguntarnos qué queríamos, podíamos o soñábamos comer. Pienso que me encanta no elegir la comida. La casona es maravillosa y los propietarios están a la altura de ella.
Estamos todos a la mesa y llega la hora de brindar. Alzamos la copa, ebrios de manjares a nuestra disposición, y comenzamos a comer, charlar y reír todos juntos. Hasta que Claudia se cae. Tropezó y se dio de bruces contra un escalón. La herida y el hinchazón en su moflete son muy escandalosos y optamos por llevarla a urgencias, asustados. Hielo, observación e ibuprofeno para ella. Respirar hondo, resignación y pensar si algo de esto se puede prevenir, para nosotros.
Me desperté mirando para ella. Dormía plácidamente.

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Episodio 7

De Hospital de Órbigo a Villafranca del Bierzo (100 kilómetros)
Jueves 9 de agosto
Menudo frío. Y acongoje. Iba encogido en la bicicleta, pensando que detrás de cada curva iba a comenzar la subida. Me decía “ahora, ahí la tienes, prepárate”. Pero no, la carretera nos concedía otra oportunidad y retrasaba lo inevitable. Íbamos encajonados entre montañas y sombra. Era el día más frío con diferencia y parecía que el amanecer conocía y compartía nuestro estado de ánimo. La etapa, temible: larga, dura y con un puerto de 1.500 metros. La Cruz de Hierro. Si es que hasta el nombre es dramático.
Bueno, pues comenzamos a subir. Y a apretar los dientes. Y a respirar como pescado fuera del agua. Subimos pasando vacas. Subimos pasando peregrinos. Esquivando algún Fittipaldi en coche y acortando las curvas como si nos fuera la vida en ello. Sufrí mucho. Un montón. Pero llegué. Incluso parecía que a mis dos compañeros no les había salido barba de esperar por mí en la cima. Allí, soplando el viento y guarnecidos en uno de los albergues-cafetería-colmado-restaurante que salpican el Camino, unas peregrinas italianas preguntaban por los precios de las habitaciones, una nórdica más larga que un día sin pan examinaba asustada y con atención el local y nosotros 3, sudados todavía, tomábamos un café que sabía a Gloria Bendita mientras una chica nos contaba sus aventuras. Yo escuchaba porque hablar no podía.
Y arriba, una vez coronada la cima con la férrea Cruz y su montículo de mensajes, fechas y nombres, se abrió ante nosotros un paisaje inolvidable. El cielo, bajo y azul suave, es un espectáculo de nubes que parecen estar al alcance de la mano. A la altura de la vista, las montañas certifican nuestra hazaña y asfixian un horizonte halagüeño. Un buen puñado de kilómetros de vertiginosa y serpenteante bajada, de oídos que se destaponan y de piernas que se medio relajan.
Llegamos tarde y comemos tardísimo. En el menú, de segundo, hay huevos con chorizo y patatas. No me apetece aguantarme y los pido. De primero, ensalada de pasta pero mojo pan en las lentejas de mis hijas. Me parece que no me ven hacerlo pero de pronto me dicen que pare. Solo estaba probando.
El moflete de Claudia tiene mucho mejor aspecto y no hay rastro de secuelas en su humor y disposición. Está frío en Villafranca y nos vamos pronto de los columpios del parque. Un par de minutos antes, una niña aterriza de morros en el suelo. Llega la madre corriendo y asustada.
No es nada.

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Nos quedamos en: Hotel Posada Plaza Mayor
Comimos en: La Parada del Peregrino Alegre, Restaurante El Casino
Episodio 8

De Villafranca del Bierzo a Sarria (70 kilómetros)
Viernes 10 de agosto
Tanto nos habían asustado con esta etapa, tanto habíamos leído y oído hablar de ella que, mira, al final tampoco nos pareció tan terrible. No hay nada como ir preparado para lo peor. Poco a poco, constatamos que la mente juega un papel esencial en este Camino y hay que entrenarla también. El espanto de hoy se llama O Cebreiro y mide unos 1.400 metros de rampas con un desnivel muy pronunciado. Nada, oye, para arriba otra vez. Tiro con todo lo que me da el cuerpo, empujando con cabeza y riñones, apretando los dientes como si eso fuera a ayudar a las piernas. Me paro un par de veces a recuperar el resuello y admirar el paisaje: el verde nos rodea por todas partes con una amabilidad que contrasta con la áspera dureza de la subida. Qué bonito es todo y cómo ha cambiado el paisaje en estos últimos kilómetros. Recuerdo las infinitas rectas de Palencia, con sus campos dorados a uno y otro lado.
Arriba, un agua con gas, por favor. Prescindo del café, que tengo sed y no pido nada para comer porque en Villafranca me equivoqué con la empanada, mecachis. En vez de atún, como pensaba, estaba rellena de una especie de cocido con patatas, berza y chorizo. Una bomba que me deja con mal cuerpo y peor sabor de boca. Muerdo un poco de barra energética, que es igual que hincarle el diente a un tapiz de los 80, y venga que hay que seguir.
Aún queda etapa. A pesar de algún agradable descenso, todavía hay que seguir acumulando metros de altitud. Es la etapa donde más subiremos: superamos los 1.700 metros de desnivel positivo. Afortunadamente, las subidas son menos subidas que al principio y el cuerpo ya está habituado al esfuerzo.
Llegamos a Sarria justo para comer a una hora prudencial. El pulpo es magnífico y nos sirven un queso cremoso con dulce de membrillo de postre que nos alegra el día. Contamos nuestras aventuras y vemos el final muy cerca. Comienzan los primeros nervios.
De camino al hotel, me digo que tengo que comprar dulce de membrillo. Siempre me acuerdo cuando lo como en los restaurantes.

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Nos quedamos en: dp Cristal, Sarria
Comimos en: Pulperia Luis, Sarria, A Travesía Dos Soños

Episodio 9

De Sarria a Melide (64 kilómetros)
Sábado 11 de agosto
Las piernas están como troncos de duras. El gemelo y la rodilla derechos, al borde del colapso. El esfuerzo de los dos últimos días se nota. Y que estamos acabando, también.
La niebla lo envuelve todo y apenas podemos anticipar qué hay al final de esta o aquella recta. Convierte los bosques que atravesamos en algo mágico y trae consigo un poco de humedad que resulta agradable. Subimos y bajamos en un ritmo imposible de enmarcar por la que nos parece la etapa más bonita del Camino. Al menos, en su primera mitad. Norte verde. Norte húmedo.
Paramos pronto, en la milenaria Portomarín. El Miño nos recibe envuelto en bruma y salpicado de pequeñas embarcaciones. La entrada es mágica.

  • ¿Los pinchos de tortilla de patata son muy grandes? – pregunto inocente.
  • No, no -me dice la camarera con un gesto que tira a pequeño.
    Un señor pela patatas, cientos de ellas, en una esquina. Llega el pincho que es un señor bocadillo en toda regla. Nada, comparto. La tortilla recién hecha y el pan crujiente.
    Hoy nos cruzamos con muchos peregrinos. Solitarios o en grupo. De caminar decidido o renqueante. Altos, bajos, flacos y gordos. Con sombrero y sin sombrero. Casi todos con bastones y a alguno que se le adivinan las heridas de los talones. «Buen camino» les decimos. «Buen camino» nos contestan. Algunos, hasta nos aplauden.
    Me paro a guardar el chubasquero. Sigue presente el frío y la niebla pero prefiero quitarlo para espabilarme. Oigo que alguien viene de cháchara por detrás y veo a una pareja, mayor, caminar y hablar animadamente.
    Caminan de la mano y desaparecen pronto, entre la niebla.

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Nos quedamos en: Hotel Restaurante Xaneiro
Comimos en: Pulpería Ezequiel – Melide, Casa Alongos

Episodio 10

De Melide a Santiago de Compostela (55 kilómetros)
Domingo 12 de agosto
Le dijimos a David que avisase cuando faltasen un par de calles para la Plaza del Obradoiro. Es el que lleva el GPS y el que, pacientemente, nos ha ido informando durante todo el Camino de si queda mucho o poco o de si el pico es alto o bajo. Que es que parecemos críos. Tiene que avisar porque tenemos a la familia en medio de la plaza pendiente de nuestra llegada y hay un hervidero de gente que dificulta el tránsito, la vista y hasta una posible celebración. Avanzamos desmontados de las bicis, esquivando. Sonriendo. Hemos llegado.
Antes, la etapa, no había tenido nada de fácil. Menos mal que era corta. Madre mía, pero es que no hay ni un respiro al final. El perfil se asemeja al de un peine: continuas subidas y bajadas a lo largo y estrecho de afiladas crestas. Nos habíamos levantado tarde, cruasáns a la plancha con mantequilla y restos de resaca y desmadejadas vueltas a casa por las calles de Melide, que están en fiestas.

  • ¡Porque estoy de despedida, que si no me iba con vosotros! – nos grita un chico con el cachi en la mano, salpicando a su alrededor.
    Más verde. Olor a eucalipto y a cucho. Más Norte que nos gusta y por el que nos sentimos cómodos. Muchos más peregrinos. Contamos los repechos que nos quedan hasta el Monte do Gozo. 4, unos peregrinos italianos nos hacen el túnel y aplauden como en el Tour. 3, vemos en la carretera a una caravana de personas en silla de ruedas. Sobrecogedor. 2, comienza a lloviznar. Esperable. Saca el chubasquero, anda. Ya estamos arriba. Hay mucha gente pero podemos sacar una foto los3 juntos en el monumento. Vemos Santiago a lo lejos. Pedimos cerveza y Coca-Cola en el pequeño kiosco al lado de la ermita mientras buscamos cobijo debajo de un árbol. Ya está hecho. Solo queda el descenso, 5 kilómetros escasos, hasta la Catedral. Imagínate caer ahora.
    Entramos los 3 enganchados hasta el centro de la plaza. Posamos las bicis y nos abrazamos a nuestros familiares. Claudia e Inés vienen corriendo, más nerviosas que yo, y saltan sobre mí. Soco, mi madre, Carmen, Gonzalo (apretón de manos de respeto), Laura. Todos nos abrazamos contentos y orgullosos. Muchos abrazos. Muchos besos. Hacemos un sinfin de fotos intentando atrapar el momento pero es imposible. La emoción no se puede retratar.
    Es noche cerrada y vuelvo al hotel de la mano de Claudia. Me explica qué es esto y aquello en las vitrinas de marisco de los restaurantes atestados de gente. Pienso que se ha acabado algo muy importante que recordaré toda mi vida.

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Nos quedamos en: Hostel Santiago
Comimos en: La Pepita Burger Bar, Restaurante San Jaime

Episodio 11

Epílogo
No hay un solo Camino. 
Y, en cierta medida, pienso que no valen de mucho opiniones o consejos ajenos.
Tampoco creo que haya una manera mejor que otra de hacerlo, de enfrentarse a él. De disfrutarlo.
Lo siento si no disipo dudas.
Mi Camino ha sido duro. De preocupación al principio, de disfrute durante y de orgullo al final. He abierto puertas que llevaban años cerradas y he cruzado umbrales para los que he tenido que buscar valor en lugares recónditos. Reboso experiencias que, estoy seguro, tendrán su valor en mi vida personal y profesional. Sí, en la música también, claro.
He hecho el Camino con las mejores personas que hubiera podido desear. Me han animado y esperado en cada repecho, nunca ha desaparecido la sonrisa de su rostro y cualquier problema, inconveniente o contratiempo ha pasado de largo, sin afectar lo más mínimo a la experiencia. Ha sido un regalo pedalear con vosotros, David y Pablo.
He hecho el Camino gracias a la generosidad de mi familia. Gracias Soco, Inés y Claudia por sacrificar unos cuantos días de vacaciones para acompañarme, cuidarme y animarme en esta aventura. Que haya podido comenzar y acabar es gracias a vosotras.
Atrás quedan ciudades ya visitadas, catedrales más o menos conocidas, callejuelas descubiertas, bosques, ríos, colores y olores. Atrás queda Waldo, Andoni el Maquinista, El de la Caja de Fruta, El del Cemento o Gemelinos. Anécdotas, risas, barbacoas, lentejas y huevos con patatas y chorizo. Atrás quedan líos de maletas, polvos isotónicos, tostadas o tortillas de patata.
Atrás queda la vida misma.
Por delante, otra.
Herru Santiagu,
Got Santiagu,
E ultreia, e suseia,
Deus adiuva nos.

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