13. Conservatorio

Decía Sancho Panza que “donde hay música no puede haber cosa mala”. Y tenía más razón que un santo: El entrecomillado condensa de manera inmejorable la gran bondad de la música y la razón de ser de este artículo en defensa del Conservatorio del Valle del Nalón. En defensa no solo porque corre un serio peligro sino por el abandono vergonzante y continuado al que está sometido por parte de nuestros dirigentes políticos desde hace años.

El esfuerzo, la constancia, la organización y la responsabilidad son alguno de los valores intrínsecos que aporta el estudio de la música. También el compañerismo, la generosidad o el trabajo en equipo forman parte de la identidad del músico. Valores que también son propios de otras disciplinas artísticas como la danza o el teatro. La práctica o el mero disfrute de estas artes creativas desarrollan nuestra sensibilidad y la aptitud para experimentar sensaciones pero, sobre todo, nos hacen capaces de apreciar y reaccionar emocionalmente ante algo.

En la actualidad es complicado cultivar estas habilidades. La sociedad no nos lo pone fácil a pesar de estar rodeados de música, en ocasiones de manera invasiva, y tener al alcance de nuestra mano, y a veces también del bolsillo, escuelas y academias. Concursos televisivos de éxito fulgurante y dudosos valores, impuestos abusivos, pérdida paulatina de importancia de las humanidades o equivocadas cruzadas políticas contra un supuesto elitismo en las artes dibujan un panorama poco halagüeño para nosotros los artistas y para el público en general. Aún así, y a pesar de todo, el talento y las ganas prevalecen sobre los inconvenientes. Las orquestas sinfónicas se niegan a desaparecer a pesar de los recortes, aferrándose con uñas y dientes a la sociedad, las temporadas de ópera y conciertos buscan renovar su envejecido público acercándose a los jóvenes a través de las redes sociales y multitud de músicos y agrupaciones, de manera heroica las más de las veces, levantan ciclos de conciertos colaborando de manera esencial en el tejido cultural de un pueblo o ciudad.

En Langreo tenemos la suerte de contar con un Conservatorio Profesional que nos ha permitido, y sigue permitiendo día a día, disfrutar de una enseñanza musical accesible para nuestros niños, con unos entregados profesores y numerosos conciertos gratuitos para cualquier aficionado. La educación que se imparte en este centro, basada en los valores más arriba mencionados, y no en la búsqueda del éxito de cualquier manera y casi a cualquier precio, ha formado una multitud de jóvenes en las últimas décadas. No todos reciben el aplauso directo del público pero continúan, de una u otra manera, transmitiendo el amor por la música que recibieron en su época de estudiantes. Maestros de música en primaria, profesores de conservatorio, escuelas y academias o músicos “antiguos”, como mis hermanos y yo mismo, son, somos, el resultado de este centro.

Nuestros políticos deben cuidar, mimar y atender esta industria cultural de pasado, presente y futuro independientemente de su sigla o posible unión mancomunada. Deben sentirlo como algo propio y, con orgullo, enseñarlo y exportarlo. La importancia de un legado no solo tiene una cara económica. No caduca con la legislatura.

Casi sin ser conscientes, la música es parte fundamental de nuestra vida: Desde una sala de espera al salón de una boda, desde el comedor de un restaurante al patio de un colegio. Creemos ciudadanos más sensibles e imaginativos, más abiertos y receptivos inundándoles de buena música. No va a ser cosa mala.